PRESBITERO EMIGDIO RAMIREZ GOMEZ

1810-1882

Virtuoso y sabio sacerdote. Canónigo de Merced.

Por: Guillermo Duque Gómez

En la Vice-Parroquia de Nuestra Señora de Chiquinquirá del Santuario del Santísimo (nombre completo, hasta 1838, de nuestro más próximo vecino por Oriente), surgió a la vida, el 17 de abril de 1810; el “angelical” Emigdio Ramírez Gómez, tiempos corridos uno de los más famosos levitas de la Montaña. Vástago de doña Catalina y don losé Ignacio, brotes de la vieja semilla oriental.

El Padre Gonzalo Uribe Villegas publicó en 1929 una serie de “siluetas» de los Canónigos de la Catedral de Antioquia. Y hacia la década del 50, Monseñor José Joaquín Elorza complementó dichos estudios. En ambos principalmente me baso para estas líneas.

Huérfano Emigdio Ramírez a la edad de siete años, tuvo que dedicarse al trabajo para sustentar a su madre. En 1822 entró a la escuela que regía en su vereda el Pbro. Ramón María Gómez y con las nociones adquiridas fundó la suya propia, en la cual daba enseñanza gratuita. De ahí proviene la incansable pasión por cultivar a los demás, que siempre le acompañó. Recomendado por el Padre Gabriel María Gómez viajó a la Ciudad de Antioquia, en cuyo Colegio – Seminario de San Fernando culminó estudios, al amparo del Obispo Juan de la Cruz Gómez Plata, quien lo hizo sacerdote a mediados de 1836 y en seguida su capellán, confesor y secretario de Cámara.

Tanto lo amó aquel enérgico Prelado, que nunca salía de Antioquia sin él, ya fuera a las visitas episcopales, ya en los viajes a Bogotá para las reuniones del Congreso (del cual era miembro) y hasta en los que hacía para verse con su familia en las breñas de Santander. Lo ascendió más tarde a Cura de la Catedral, cargo que sirvió de 1842 al 62. Por su lado, el Padre Ramírez guardóle siempre fidelidad tan extrema que inclusive lo acompañó al destierro con ocasión de la insurgencia de los «Supremos», en 1840, y en la última enfermedad del Sr. Gómez Plata, que duró más de un mes, no se le separó un momento, ni se acostó una sola noche a descansar. Murió el Obispo en Medellín, el 1o. de diciembre del 50. La sede quedó huérfana por un lustro, hasta la llegada del Excmo. Domingo A. Riaño, quien la gobernó por sí o por Vicarios, del 55 al 66, cuando Dios, al llamarlo, puso fin al destierro que le había impuesto el arbitrario General Mosquera.

El Obispo Riaño le dio la Canonjía de Merced. Y cuando el mismo Prelado marchó a lscuandé por voluntad rabiosa de Mosquera, en la nómina que dejó de seis levitas que bajo ciertas normas habrían de reemplazarlo en el gobierno del Obispado – Decreto del 4 de octubre del 62—, lo puso de tercero en la línea sucesoral.

El ingenuo Canónigo, recién venido enfermo del Chocó, en cuya selva estuvo por impía disposición del dizque “muy religioso» Prefecto don Pascual Bravo, se dejó inclinar (como sus antecesores Garro y Pereira) la obediencia de inicuas leyes, al rechazo de las cuales debía precisamente su condena el Obispo Riaño. Flaqueza que, como Pedro Apóstol, nunca él se perdonó. Entonces vino a enfrentarse a tan grande responsabilidad el Párroco de Marinilla, Valerio Antonio Jiménez, quinto en la línea de sucesión, al no cumplir el cuarto, Padre Mariano Sánchez.

Elevado Jiménez en 1868, a la Mitra de la nueva Jurisdicción Episcopal de Medellín y Antioquia, el Padre Ramírez obtuvo por concurso el Pastoreo de los marinillos. Aquí asumió temporalmente las riendas del Colegio de San José, sin dejar las de Párroco, debido a que don Manuel Tiberio Salazar, cabeza del Instituto, viajó a Bogotá —en el 76- a la Cámara de Representantes.

Permaneció en su faena parroquial hasta el 80, cuando Monseñor Joaquín Guillermo González — nacido en nuestro paraje de” Chocho» —, primer Obispo de la Diócesis de Antioquia restaurada, lo devolvió a la Canonjía en la Ciudad del Tonusco. Entonces fue Provisor y Examinador Sinodal, amén de lucir otros títulos de alta jerarquía.

Desde su rudimentaria escuela, el más fecundo apostolado del “Curita” (como por la pequeñez de su cuerpo lo llamaban todos), radicó en la enseñanza. Sin que le importara el nivel de los escuchas: en su campo nativo, de primeras letras; o en los Colegios nuestros de San José y de Santa Ana, de cursos medios, o de abstrusas Teologías en el Seminario de San Fernando, allí en la ciudad Madre.

Con este dato curioso finaliza Uribe Villegas la “Silueta» de nuestro personaje: “(…) con la cultura, que se basa en la caridad y el amor, se descubría respetuoso delante de los niños, los obreros y los pobres…”

El 5 de abril de 1882, Emigdio Ramírez Gómez devolvió su espíritu al Creador, en aquella vieja urbe, tras 46 años de sacerdocio tan sufrido como ejemplar. En su iglesia de Sama Bárbara espera la resurrección de los muertos aquel hombre de Dios que se hizo digno del mote de “Angelical” …