MONSEÑOR VICENTE ARBELAEZ GOMEZ

1822 – 1884 Primado de Colombia. Rector del Colegio de San José. Párroco y benefactor insigne de Marinilla

Arbeláez Gómez Vicente

Por Bertha Gómez Giraldo

Nació en el hogar formado por don Fermín Arbeláez y doña María Gómez González, marinillos de recias costumbres y arraigados principios morales. Un hogar privilegiado que dio a la iglesia y a la Patria hombres con valores cívicos y humanos que les permitieron destacarse como genios civiles y militares, escritores, oradores de renombre nacional.

Monseñor Vicente, el mayor de los hijos, nació en la vereda “La Chapa”, situada en el municipio de San Vicente, hoy jurisdicción de El Peñol, el 8 de marzo de 1822.

Estudió en Marinilla y fue uno de los alumnos fundadores del glorioso Colegio de San José. Pasó luego al Seminario de Bogotá en donde se ordenó el 6 de diciembre de 1845, distinguiéndose como alumno de especiales capacidades intelectuales y modales de gran señor.

Fue Párroco de Abejorral y de allí pasó a Marinilla a dirigir conjuntamente los destinos de la Iglesia y los del Colegio de San José como su segundo Rector y lo dirigió desde 1848 hasta 1859. Durante su Rectorado se construyó un amplio edificio, se conformó la biblioteca y los estudios cobraron forma en todo el país. Las cátedras que introdujo al plan de estudios le dieron orientación de una verdadera Facultad de Derecho. Fundó también en Marinilla dos colegios privados: uno para varones y otro para señoritas de los cuales desafortunadamente no quedaron mayores detalles.

En 1859 fue nombrado por su Santidad el Papa Pío IX como Obispo Titular de Maximópolis y Vicario Apostólico de Santa Marta.

Monseñor Arbeláez fue desterrado en dos oportunidades; la primera a la entonces lejana y mortífera isla de San Andrés y la segunda a la isla de San Nazario. Su celo apostólico, su vigilancia permanente sobre la educación de la niñez y de juventud, su conocimiento profundo sobre las prerrogativas de la iglesia, su voluntad férrea, su coraje y audacia, no le permitieron rendirse ante la opresión y el desacato, ante la injusticia y el ataque. Sus permanentes protestas, sus pastorales claras y definidas y sus actitudes siempre erguidas y valerosas, le merecieron esas expatriaciones dolorosas, pero también regresos triunfantes.

El 25 de septiembre de 1865 fue publicado por el “Observatorio Romano” su nombramiento como coadjutor con derecho a la futura sucesión del arzobispo de Bogotá y al poco tiempo también como Vicario General del Arzobispado.

En 1866 fue expatriado por segunda vez. El Presidente Tomás Cipriano de Mosquera dictó al respecto un Decreto cuyo artículo único decía: “Extrañase al Vicario Señor Vicente Arbeláez por seis años del territorio de los Estados Unidos de Colombia”. Se le envió entonces a Santa Marta en compañía de su hermano Juan Clímaco, allí fueron encarcelados en el Batallón Granaderos donde había contagio de fiebre amarilla, los dos se contaminaron, por fortuna fueron atendidos profesionalmente por el doctor Próspero Reverend. De allí a la isla de San Nazario y luego a Roma.

Después del golpe de cuartel en 1867 dado al presidente Mosquera, regresó Monseñor a Colombia el 12 de noviembre de 1867 con el nombramiento de Prelado Asistente al Solio Pontificio Otorgado por Pío IX.

En 1867 el 23 de diciembre fue nombrado por el arzobispo Antonio Herrán como Rector del Seminario de Bogotá.

A la muerte del arzobispo Herrán el 6 de febrero de 1868, Monseñor Arbeláez, por derecho propio se posesionó como Arzobispo de Bogotá y fue entonces cuando le tocó dirigir el Primer Concilio Provincial Neogranadino. La organización de éste fue compara con el Concilio celebrado en Holanda tres años antes y tan trascendentales fueron sus conclusiones que muchas de sus disposiciones aún rigen en Colombia.

Su inteligencia brillante, se equidad y modales exquisitamente finos lograron excelentes resultados en su trato con los presidentes de turno: Salgar, Murillo Toro, Aquileo Parra.

Gracias a su lucha permanente se logró el Pacto Ancízar Arbeláez, el primer pacto entre la iglesia y el Estado después de la persecución de 1861 por el cual se reglamentaba la enseñanza religiosa en las escuelas.

La revolución de 1876 trajo para la iglesia momentos difíciles al punto que se pensó en el tercer destierro del arzobispo Arbeláez a consecuencia de sus pláticas y protestas en los sermones dominicales de la Catedral.

El Congreso dictó entonces leyes en contra de los intereses de la Iglesia Católica. El documento preparado por monseñor Arbeláez con respecto a dichas leyes, es con sus pastorales uno de los más importantes documentos salidos de su pluma fluida, juiciosa, clara y capaz. Ellas acreditan la magnitud y profundidad de su obra.

La muerte de Pío IX trajo para Monseñor Arbeláez momentos difíciles que fueron minando lentamente su salud. Se le acusó ante Roma de ser un Prelado demente y libertino; se interceptó su correspondencia con la ciudad Eterna y entonces llegaron para el “Obispo Mártir” épocas de angustia y tensión. Para investigar esta difícil situación llegó a Bogotá Monseñor Juan Bautista Agnozzi en el año de 1872 y en oposición a las tremendas acusaciones, halló un varón equilibrado y sabio, afable y dulce, ilustrado y modesto; y en forma apoteósica le devolvió la tranquilidad perdida.

El día 29 de junio de 1884 murió el arzobispo Arbeláez a la edad de 62 años.

Sus restos mortales reposan en la Catedral Primada de Bogotá donde recibe permanente homenaje de admiración y gratitud.