MARCO ANTONIO ALZATE SALAZAR

1879 – 1966

Valiente ejemplo de Lealtad a Colombia

Alzate Salazar Marco Antonio

Por. Néstor Giraldo Ramírez, Pbro.

(Este hijo menor – el onceno vástago de don Eulogio y doña Mercedes, – vio la luz en Marinilla el 19 de junio de 1879)

Frisaba apenas en los 15 años, cuando se incorporó al Cuerpo de Gendarmes de Antioquia, que a los pocos días se constituyó en el Batallón 1o. de la Columna Sur de Antioquia del Ejército Nacional. Había ya olor de subvención en el ambiente y atmósfera de tempestad en el cielo de la patria.

Estalla la revuelta de 1895 y el joven soldado está pronto a empuñar el fusil en defensa del Gobierno legítimo. Su severa disciplina le hace merecedor del grado de Sub-Teniente, que luego el Ejecutivo convalida, cuando apenas cumplía los 16 años.

Vinieron los aciagos tiempos de la guerra de los mil días y Alzate, cuando sólo contaba con 20 años, se alistó en el Batallón Arboleda. Su juvenil ardor patriótico lo demuestra el hecho de que, no habiendo vacante una plaza de oficial, acepta vincularse como sub-oficial en calidad de Sargento.

La costa Atlántica y los Santanderes, Boyacá y el Tolima y el vasto territorio de la Vieja Antioquia le vieron batirse como sólo saben hacerlo los valientes. Los campos de Dique, de Paturia y Peralonso, Cúcuta, el Zulia y Palonegro, El Playón y Vetas y el reñido combate de Gamarra le vieron actuar con arrojo que le valió el ascenso a teniente en Peralonso y los galones de Capitán en Palonegro.

Después de los combates de Remedios y Zaragoza, los superiores lo destinan a Panamá, donde dará pruebas, las más esclarecidas, de patriótico heroísmo.

Fácil es leer, pero difícil comprender y valorar las penalidades de la campaña de Panamá que lo llevó a recorrer el Istmo desde Colón a Chiriquí y la frontera con Costa Rica, devolviendo la paz y el imperio de la ley a las provincias agitadas por la revolución.

Luchó con denuedo y bañó con la sangre de sus heridas, en la batalla del cerro de La vigía, aquel pedazo de patria cuya escisión empezaba ya a gestarse en las turbias y subterráneas negociaciones de traidores cuyos nombres ni siquiera merecen pronunciarse.  

Mi honor de Colombiano se niega a creer que hayan sido Colombianos los que redujeron a humillante prisión al entonces Coronel Alzate por el delito de comandar las Fuerzas Armadas de la patria y rechazar con valentía y enconada y altiva protesta que fuerzas extrañas izaran en territorio legítimamente colombiano el pabellón de las barras y las estrellas.

“(…). Durante el tiempo que permanecí preso en Panamá –cuenta él mismo- los traidores me ofrecieron puestos de consideración y como supe rechazarlos y protesté con la energía que corresponde s un jefe del ejército Colombiano que sabe lo que es la patria, por este motivo fui ultrajado por los traidores y reducido a prisión más estrecha. (…)”.

Esteban Huertas se atrevió a tentar la integridad de su amigo y subalterno, pero chocó contra la entereza de un auténtico soldado colombiano. Marró el traidor al pensar que el pundonor y patriotismo de Marco Alzate estaba en pública subasta.

En repugnante escena, cuyo recuerdo no quisiera evocar, tiene el muy desvergonzado la osadía de tentar nuevamente la firmeza noble de su amigo con la presencia cómplice de la dama que entonces cautivaba su corazón. Pero estas mañas sólo sirvieron para afianzar más la erguida actitud del prisionero que ponía por encima de todo su juramento de lealtad a la bandera de la patria.

De regreso, volvió a su puesto de comando de la Guarnición del Crucero “Caquetá” que marchó con las expediciones militares colombianas hacia las islas de San Andrés y Providencia y a Titumate y Acandí, con el quijotesco propósito de rescatar a Panamá, empeño que debieron abandonar definitivamente en agosto de 1904.

Fue después Manizales el teatro principal de sus actividades. Allí formó su hogar con una distinguida dama, hogar que aportó al país una descendencia heredera de la dignidad y de los méritos de tan preclaro patriota. Sus hijos han sabido mantener el patrimonio espiritual de su estirpe. Bastaría el nombre de Gilberto Alzate Avendaño, jurista sin par y humanista, político clarividente y estadista, cuya temprana muerte privó a la patria de sus luces y de su firme liderazgo.

Fundada la escuela Superior de Guerra, agrega el coronel Alzate a su experiencia los conocimientos adquiridos en el curso militar de aplicación, para pasar luego a servir en diferentes guarniciones, desde la frontera con Venezuela hasta la frontera del Sur; desde Cali y el Putumayo hasta las islas de San Andrés y Providencia, cumpliendo misiones del Gobierno Nacional.

Con los soles del General de Brigada otorgados en marzo de 1920 vuelve a Antioquia, para servir en el comando de la Brigada. Después regresa a Bogotá, para ser jefe del Departamento Administrativo del Ministerio de Guerra y luego Comandante General de la Flotilla Fluvial.

Culmina su brillante carrera con las insignias de General de División con que el Gobierno lo distingue en 1926 y lo promueve a comandante de la Cuarta División.

Agobiado más por los méritos y la satisfacción del deber cumplido que por los años, entra en uso de buen retiro en 1932, treinta y siete años desde el día que como simple soldado juró fidelidad a la bandera. Aun vistiendo traje de civil, era de admirar su aire marcial; sobre sus hombros de guerrero curtido podía aún adivinarse lo soles de General de Colombia.

A raíz de un desdichado accidente de tránsito, murió en Bogotá en 1966.

(Apartes del “Elogio Fúnebre del General Marco A. Alzate”, en el centenario de su Nacimiento – Discurso en Marinilla – Junio de 1979)