JOSE JOAQUIN DE HOYOS GOMEZ

1764 – 1816 Prócer decapitado por Murillo el 29 de agosto de 1816

Por: Guillermo Duque Gómez

Bogotá, 1816. A una hora no determinada del 29 de agosto, salió del templo colonial de la Veracruz el fúnebre cortejo que, por muy antiguo estatuto, acompañaba en los últimos “Jesuses” a los que iban a morir en cadalso. Eran los cofrades del “Monte de Piedad” de dicha iglesia, los mismos que, según tradición, la víspera debieron llevar al condenado los últimos consuelos religiosos.

No tenían que caminar mucho: a pasos de la puerta principal, que por entonces daba la Plazuela de San Francisco (hoy de Santander), se había colocado esta vez el único banquillo. (Hasta esa fecha, practicaban las ejecuciones en la Huerta de Jaime, inaugurada en su nueva época por D. Pablo Morillo, el 19 de agosto del mismo año, con el ahorcamiento y arcabuceo del “chispero” José María Carbonel). Allí, en la de San Francisco, estaba el sitial desde donde volaría muy pronto al Seno de Dios y a la inmortalidad histórica el Dr. José Joaquín de Hoyos Gómez, pronto-mártir antioqueño en la “Época del Terror”.

¿Y quién era él y qué había hecho para ser digno de que con su sangre diese bautismo primero a la vieja plaza y continuase con su palma el martirologio de la Libertad?…

Hijo de D. Matías de Hoyos Villegas y doña Justa Rufina Gómez Jiménez, vio la luz en Marinilla, donde lo bautizó el 8 de Julio de 1764 el Dr. J. de Orozco, según el folio 114v.  del Libro II pertinente.

Como por lo lejos y el horror del camino a Popayán los jóvenes de Antioquia preferían a Bogotá para estudiar Leyes o Cánones, el joven José Joaquín viajó a la Capital por la ruta de El Peñol y tiempos corridos obtuvo allá las borlas en Jurisprudencia, en 1798 y luego no cortos honores.

Radicado en Santafé, debió formar parte del cuerpo que litigaba en la Real Audiencia. Se dice que actuó con brillo en los sucesos del 20 de Julio de 1810.

Por su fama de caballero a carta cabal, un día la Junta de Gobierno lo llamó y puso en sus manos la embarazosa comisión de guiar hasta Honda, en trío con D. Manuel Pardo y D. Ignacio Umaña, nada menos que a Sus Excelencias D. Antonio Amar y doña Francisca Villanova. Del cálido puerto, los ex-Virreyes debían seguir a Cartagena.

Cumplido caballeresca delicadeza el viaje a Honda, el Dr. Hoyos continuó su faena patriótica: en los batallones que Nicolás Rivas, desde 1810, organizó con su ojo previsor. Y en el Congreso de Leyva, codeándose con lo más granado y sabio de la época.

Tal sería su prestigio, que el Congreso de las Provincias Unidas lo envió ante Nariño con las funciones políticas, a raíz de nuestra primera guerra civil. Por eso marchó a Santafé con Baraya y Girardot. Mal fin tuvo el encargo, ya que la ofensa culminó en el desastre del 9 de enero del año 13, en el circuito mismo de la Capital, donde llevó la victoria del centralismo del Precursor.

Al subir la marea de la Reconquista Española, el Dr. José Joaquín fue trepando por los barrancos del sureste de Bogotá. Hizo en los alrededores de Chipaque su hacenduela y dedicó sus ratos, ya que imposible al Foro, a instruir a los labriegos. De cuando en cuando iba también al pueblo y servía de amanuense a su alcalde, quien de fijo era patriota y por ello simulaba ignorar las condiciones políticas del egregio colaborador.

Cierta vez un oficial de apellido Campuzano se asomó por esas quiebras del Rey, con el encargo de trazar una vía nueva desde Chipaque hasta las planicies llaneras. Como es natural apenas, le llamó la atención la destreza de Hoyos en un despacho de tan altas lejanías. Averiguó y supo al fin quien era el personaje. Cuentan que después Hoyos le sirvió mucho en el trazado y que hicieron una muy grande amistad. Pero llegó el momento del regreso a Bogotá y el oficial conforme a su deber, lo llevó consigo, bajo posible acuerdo de no alzar el vuelo en llegando a la Ciudad Virreinal.

Gobernaba entonces la urbe D. José Casano. Ante él debía presentarse Hoyos tal quien era. Su nuevo amigo, incapaz de conducirlo a la muerte segura, dada la mala reputación del Gobernador, lo dejó ir sólo con la esperanza de que, libre, tomase las de Villadiego. Pero el jurisconsulto marinillo se gastaba otro temple, no hecho para huir de compromiso ni para faltar a su palabra.

Casano lo vio en lo que podía dejar de ser, en si identidad real, impávido subiendo las gradas rumbo al fin ya presentido.

Al Colegio del Rosario fue bajo escolta y del Rosario salió a los ocho días, a tambor destemplado, hacia la plaza en donde selló, el 29 de agosto de 1816, como siempre aristocrático, su noble quehacer terreno y su derecho a un asiento de primera fila entre los inmortales de Colombia.

En su “Relación”, Morillo le puso INRI o Epifanio que más lo ennoblece: “Doctor José Joaquín de Hoyos, abogado. Era individuo del Tribunal de Vigilancia, Auditor del Gobierno Rebelde y desempeñó varias comisiones importantes en la revolución contra los derechos del Rey. Pasado por las armas y confiscados sus bienes”.

La Pía Hermandad, entre salmos, condujo el cadáver del Dr. Hoyos a la Veracruz, donde lo inhumaron en fosa común. Descansa en tierra el polvo de lo que fue, mezclado – sin identificación posible – con el de sus colegas de martirio. Su nombre figura encabezando la lista en una de las placas de bronce puestas allí cuando ese templo fue declarado hace años Panteón Nacional.