FRANCISCO GIRALDO ARIAS

1804 – 1897
Edecán de Córdoba. Héroe en Pichincha

Giraldo Arias Francisco

Por: Guillermo Duque Gómez

En campos que hasta 1838 fueron de Marinilla y pertenecen hoy a El Santuario, vio la luz el después General Francisco Giraldo Arias, hijo de doña Isabel y D. Bernardo, el 10 de octubre de 1804. Seis meses mayor que otro célebre coterráneo, Anselmo Pineda Gómez, amigo suyo y ambos de José María Córdoba, en las buenas y en las malas que la vida suele deparar alternativamente.

En esas épocas de bello heroísmo, los muchachos no calculaban si tenían fuerzas para sostener el arma y se iban a la guerra no pocas veces hasta impúberes todavía. Ello sucedió con Giraldo Arias: apenas de diez años echóse a cuestas el tambor marcial y sin cumplir los once y medio vino a caer en manos del enemigo. Fue a principios del año 16, cuando las tropas de don Andrés Linares, tras pelear con valor nunca desmentido, fueron desechadas en la Ceja de Cancán, cerca de Remedios, por D. Francisco Warleta, futuro Gobernador de nuestra provincia.

Incluido en los Ejércitos del Rey, siguió con ellos hasta el Ecuador y en el combate de Yaguachi fue liberado por las fuerzas colombianas, en agosto del 21. De nuevo prisionero, se fugó en el 22 del campamento realista y se puso a órdenes del General Sucre durante la feroz campaña de Pasto, donde se reincorporó a las filas expedicionarias de la Libertad.

En esa campaña de sangre y honor conoció a José María Córdoba. Y, según el notable historiador Presbítero Jaime Serna Gómez, un oficial de apellido Silva le dio clases de primeras letras, para poder así cumplir los deseos que abrigaba Córdoba de hacerlo su Edecán, como desde luego lo fue, por lo menos hasta el año 27.

Afirman algunos historiógrafos que recibió el “Escudo de Junín”. Si ello es verdad, no era entonces Edecán del Héroe de la Concha, pues bien se sabe que éste llegó tarde al famoso encuentro en que casi por espacio de setenta minutos no hubo un solo disparo, ya que todo se libró con arma blanca.

En las emotivas páginas que le dedica Monseñor Damián Ramírez, dice que llegó a Sargento a raíz de la batalla de Pichincha ; que a la de Ayacucho (donde se cubrió de gloria en la cima del Cundurcunca) fue como subteniente y abanderado y que alcanzó el grado de Teniente a principios de 1826; el de Capitán graduado en 27; el de Capitán efectivo en mayo del 28 y el de Sargento Mayor en febrero del 29. Agrega el mismo autor que el Presidente Caicedo lo nombró comandante de la Infantería y el General Santander lo hizo jefe Instructor del Batallón Guardia Nacional de infantería en Antioquia, en diciembre de 1834.

Dije atrás, que había sido edecán de Córdoba por lo menos hasta 1827. En efecto, a principios de tal año le tocó regresar en su compañía y en la de Juan Nepomuceno y Andrés Alzate, hijos de doña Simona Duque, viaje por mar en que pudo conocer de cerca y observar las “Impertinencias” de Manuelita Sáenz y algunos desaires del Héroe de Ayacucho, lo que ahondó a la larga el alejamiento que ya se insinuaba entre Córdoba el soberbio y el no menos orgulloso Libertador, afirma el P. Serna Gómez.

El 17 de octubre de 1829, en el terrible drama de El Santuario desempeñó uno de los papeles principales, junto a Braulio Henao, Anselmo Pineda, Salvador Córdoba, Benedicto González y otros del Comando de los sublevados.

El 6 de octubre Giraldo Arias había padecido encuentro sin fortuna con su viejo amigo Salvado Alzate (el de doña Simona), quien al mando de un grupo de las fuerzas de O. Leary lo desalojó del Puente de Balseadero – sobre el Guatapé- llave de la región, escaramuza que vino a ser el principio del fin de la revuelta de Córdoba.

Herido en campos de esta ciudad, hoy plaza de El Santuario, buscó refugio en el tristemente célebre local donde agonizó el caudillo. Y a su lado, a sus pies, entregó Córdoba el espíritu.

El 24 de Julio de 1883 el pueblo medellinense rindió homenaje a Bolívar en el primer centenario de su nacimiento. Y fue una de las cabezas del desfile nuestro General, quien vivía en esa Urbe por los lados de la hoy Parroquia de San José.

Falleció el 26 de septiembre de 1897, rodeado del aprecio y admiración de todos, que sabían de su valor y de sus actos. Descansa en el cementerio de San Pedro, en Medellín.