CALIXTO VILLEGAS HERNANDEZ

1851 – 1944

Escultor y pintor autóctono.

Por: Guillermo Duque Gómez

Es admirable que de los tres viejos artistas, ora del “conté» y el esfumino, ya de la paleta y el formón, causas de nuestros orgullos en ese campo, dos hubieran sido antes humildes labradores.

En “la plaza» vio la luz don Francisco Moreno, señor cuyo lápiz o pincel dejó en lienzos de impresionante verdad los rostros de muchos caballeros y damas de esta urbe y de los pueblos comarcanos. Me contaba un pariente suyo que como prueba solía llamar a los hijos pequeños o a los nietos de los retratados, a fin de que los reconocieran y jamás uno de los chicos manifestó ignorar de quién era la efigie que le mostraba…

Don Gonzalo Salazar, estudioso del arte y artista él mismo, escribe: “De la burda madera de nuestros campos, sacó don Cruz García, quien nació y vivió en el paraje de El Pozo, las artísticas figuras de Cristo y de Los Doce Apóstoles; ningún mérito restan a estas obras originales las reformas que más tarde les hiciera don Matías Montoya, de San Vicente. La variedad de expresiones y edades en Los Doce Apóstoles y los reflejos de la divinidad marcados en el Rostro de Cristo, son las características de este maravilloso conjunto que causa admiración a los visitantes»…

Y viene, por fin, desde “La Primavera», don Calixto Villegas, máxima ufanía de nuestras Artes en color y en cincel.

José Calixto, hijo de don Sebastián y doña Rosario Hernández, llegó al mundo el 14 de octubre de 1851, como se puede ver en el Libro X, folio 174 v, del Archivo Parroquial. Niñez y juventud las pasó en el agro. Y es fácil imaginarlo en mocedad alternando el azadón con la navaja y el escoplo, hasta que llegó a radicarse donde lo conocí, a dos cuadras y media de la plaza, como se busque la vieja panadería de don José Gallego y el Alto del Dr. Jesús Gómez, camino de El Calvario y de La Bolsa.

Ya por aquí, sin olvidar las eras, echó a vuelo su numen creador: con manos sin escuela ni academias agarró la paleta y plasmó en el lienzo imágenes de gran mérito (como el «Judas» que le valió Medalla de Oro en la Exposición de Rionegro, en 1924 con motivo del Centenario de la Batalla de Ayacucho), la escofina y la mediacaña, con que iba sacando del cedro (elemento preferido por él, dice un chozno suyo) la belleza que, dormida en el tronco, esperaba el hálito del maestro para surgir a vida nueva e inmortal, como la del Resucitado – con su perfección sobrehumana, con su extraordinario vuelo ascendente que lo hace ver como desprendiéndose de la espiral de manto que lo sostiene – y la del Francisco de Asís, que pulió como joya el escultor.

El propio don Gonzalo Salazar nos cuenta que son también de don Calixto los cuadros de Santa Germana, San Antonio, San Martín de Tours, Los Siete Siervos de María, La Sagrada Familia, los Discípulos de Emaus, la Virgen de Chiquinquirá, Josué y Caleb y que muchas imágenes del Santo Cristo y del Niño Jesús complementan su actividad artística.

Me parece verlo salir de la Capilla, el día lunes de cada Semana Mayor, con su linda barba de profeta como huido de un fresco clásico, en la mano sus pomos y pinceles, luego de haber estampado en el Rostro del Señor (en la talla de don Cruz Gracia) la efusión de la Sangre Divina en el paso de El Huerto…

Además, como la belleza no riñe ni puede reñir con el civismo, este hombre sin humos fue concejal en 1898 y dio de su campo el terreno donde se alza la escuela de “La Primavera”.

Sin luz en los ojos, don Calixto – maestro del color y de la talla – se marchó a ver a Dios en persona el 9 de Febrero de 1944, según el folio 123, Libro XII, de nuestra Parroquia de La Asunción.